En la calle estaba la verdad, una verdad misteriosa y llena secretos, de sensaciones y silencios. Una verdad que no se hallaba en los libros, ni en los diarios, ni en la televisión. Un canto de los tiempos, la certeza hecha carne, la oscura sinceridad de sus influjos, algo más fuerte que el amor o el odio, más fuerte que cualquier otra cosa. Las calles bullían o te hundían en un amargo silencio, pero nunca te dejaban indiferente, te cercaban la mente con alambre de púas para que no puedas escapar. En la calle estaba la verdad detrás de esas miradas inyectadas en sangre, detrás de esas miradas vencidas, de esas voces que se perdía en un extraño relato que no concluía nunca jamás, porque el punto final era la muerte y la muerte era el olvido, o algo peor que el olvido: el silencio. Los hombres viven de olvidos, pero no toleran los silencios. El silencio es la muerte, o mejor dicho, el temor a la muerte, un terror milenario, antediluviano, el principio del pánico y el horror. Lo que nos asusta de la muerte es su silencio; la quietud y el silencio de un cuerpo frío que ya no podrá amar ni ser amado, que no podrá odiar ni ser odiado.-Si querés puedo conseguir cocaína.Utiliza esa palabra: “Cocaína”. En sus labios tiene un significado especial: “Cocaína”. Y la ofrece como si tratara de la mujer más bella sobre la tierra, como si contuviera en sí misma el secreto de todas las vidas.
-Por que yo puedo conseguir cocaína-
No necesito cocaína, nunca la necesite.
Sus ojos brillan al inclinar la cabeza. “Cocaína”. Por un instante creo que detrás de esa mirada hay algo más. Una hechicera perdida en el tiempo, los estigmas de Cristo abriéndose y llenando de luz aquel cuarto oscuro, una herida caleidoscópica y bella. Ella espera mi respuesta que nunca llega.
-Yo tenía un auto, un auto rojo que me había comprado un novio-
Todas tuvieron un auto rojo, y una familia y un amante que les pagara las cuentas. Sueños en cuatro ruedas y un jardín lleno de jazmines y rosas y hasta un limonero en el patio trasero.
En la calle donde bailan las putas jamás hace frío, y siempre hay un auto rojo. Sueños sensuales, bólidos blindados lanzados a 150 kilómetros por hora, sueños de cocaína estallando con la ferocidad de mil soles y tan violentos como una patada en el medio del hígado. Me guardo la crueldad para otra ocasión, para cuando nada importe. Los ejércitos avanzan por esas calles. Hombres extasiados, cerebros calientes de pensamientos fríos, sedientos. Hombres apagados, con dinero en los bolsillos y llenos de fuerza. Unos pocos pesos, pesos que todo lo compran, una mujer, un trago, un puñal por la espalda. La gloria. Una puerta se abre, otra se cierra. Luz tenue y oscuridad, una sonrisa lasciva. La calle se cierra sobre los cuerpos, se cierra para volverse a abrir, porque ya estas adentro y una vez que entrás no hay escapatoria. Un auto rojo y cocaína. Un mundo a tus pies. Marea de cuerpos sacudiéndose. Crisis, revueltas y revoluciones. Nombres sin cuerpo, cuerpos sin nombres. Lenguas babilónicas, exiliados sin destino. Hombres sin tierra. En la calle no hay destino posible. El destino es ella misma entregándose. La palabra destino es una rajadura en la piel de universo, es aquello que se presiente en las peores circunstancias. Es eso que se descubre cuando tu cuerpo queda tendido en la cama después de una noche en la que te jugaste hasta la última moneda por esa carta con la que nadie gana. Por que a veces no se trata de ganar. Ganan los afortunados, lo que no necesitan de la suerte. Aquellos que llaman a la suerte ya perdieron todo. Y detrás de ellos ronda la mala suerte, un perro cruel y sucio y fiel hasta la muerte.
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