
En la puerta del estadio me detuve frente a la gigantografia de 1114. Era una caricatura de sí mismo, se lo veía viejo y demacrado, con los ojos hundidos y las pequeñas orejas en coliflor. En otros tiempos había llegado a ser “el campeón”. Tenía una de las derechas más poderosas que pude ver en mi vida, quirúrgicamente precisa, un mazazo que sacudía a sus rivales y los dejaba sin saber que les había pasado por encima. Siempre careció de técnica, podía resistir una terrible paliza y arremeter con todas sus fuerzas de un momento a otro. Un peleador callejero, un matón de bar al que lo llenaron de dinero, fama y mujeres fáciles. Una historia repetida hasta el cansancio.
Desde el lobby se oía los rugidos del público. Me separe de mis compañeros, la pelea se había retrasado y me invadió el deseo de estar solo por unos minutos. Prendí un cigarrillo y me puse a leer el programa. El “Chico” Rodríguez, pura ambición, 22 años, aspirante al título. 1114 sería un trámite, otro viejo que se niega a dejar el ring; no pasaría del primer round, golpes rápidos, certeros, uno detrás de otro. Con este triunfo ya podía reclamar el título, y hasta se rumoreaba que el campeonato ya estaba pactado para fin de año. Por eso 1114, un trámite. Con el viejo se hace de un nombre, gana los puntos suficientes y se cuida de recibir algún golpe de más. Así se hacen las cosas, alguien pierde, otros ganan.
Este tipo de lugares huelen a orina y sangre, pienso mientras prendo otro cigarrillo.
-Feo vicio- Estucho esa voz podrida, a mis espaldas, y se de quien se trata.
La voz me sale lacónica, no levanto la vista para mirarlo, esos ojos saltones de vaca al matadero de Bernardez Sansón me provocan asco, repulsión.
-Sabía que algo olía mal, pero no adivinaba qué-
Él se ríe y me extiende la mano. La siento fofa, muerta. Me mira con picardía y dice:
-Es una noche de encuentros, me acabo de encontrar con Adelle y Averno ¡Cuántos recuerdos! ¿Cuanto paso? ¿Siete, ocho años?
-Pocos, de seguro- le contesto.
-Hernán, los años te han amargado-
-¿Los años?, los hombres, y algunas mujeres también.
-Jajajaja, eso es por no andar con gente joven. Nadie menor de 20, Hernán.
-Veo que el león todavía no perdió sus dientes ¿Qué edad tiene tu último muchachito?
Inclina la cabeza, una mueca de lujuria se dibuja en su rostro. Hay algo de perverso en ese hombre, algo inconfesable y secreto.
-No les pregunto la edad.
- ¿Y Chico?
-Chico es un bruto, uno más, dinero rápido.
-Mucho músculo y nada de cerebro.
-Demasiada ambición, la conjunción perfecta en este negocio.
Lo miro con desprecio, la vieja rata.
-¿Tenias que meterte con 1114?
-Le estoy haciendo un favor de amigo. Nadie, salvo yo, hubiera podido subirlo al ring. Esta acabado, no dan ni un peso por Él. Tiene la mano quebrada, la derecha. Nadie sabe lo que tuve que hacer para conseguirle una pelea a ese hombre. 1114 funciona a base de pastillas y alcohol barato. Tuve que sobornar a mucha gente para que pase los exámenes. Claro que siempre tiene que haber un villano, y yo nunca desprecie ningún papel. Me dedico a eso, a hacer favores, y si con ello gano algo de dinero no se me puede culpar.
A nadie se puede culpar, esa es la consigna de este negocio. Y menos a ese personaje desgraciado. Aprendió a tomar ventaja a fuerza de miserias, de traiciones, de contratos draconianos y paraísos artificiales. Perdió tanto como gano, un hombre con tantos vicios no puede ahorrar. Comenzó representando artistas y el escándalo lo exilio en este purgatorio en donde nadie pregunta mucho, donde se ve lo imprescindible y se cuenta lo necesario.
En unos instantes más sería el regreso de 1114, del viejo campeón. Cinco años fuera del boxeo en donde se ganó la vida de cualquier forma. Para este tipo de hombres siempre hay dinero si no se miden las consecuencias, y Él no las midió. Sentí al locutor anunciar la próxima contienda y se me hizo un nudo en la garganta. Todo estaba por terminar. Tal vez Averno tuviera razón y todo este jolgorio no fuera más que un velorio. Habrá imaginado su final en el cuadrilátero, bajo las luces, arrullado por las voces de la tribuna. Tal vez fuera eso, o solamente el dinero.
Continuara…
1 comentario:
profana lucidez la del delirante observador de los bajos fondos.
arltiano, arriesgo a decir, aún a sabiendas de que toda clasificación no es más que un incierto arbitrario -y qué necesidad hay, me pregunto.
y claro, siempre hay algo que escapa, un resto imposible de ser asimilado.
en fin, hermosamente convulsivo.
le sigo leyendo,
salú y alegría.
Publicar un comentario