sábado, 4 de agosto de 2007

Redención (II)


Traté de sonreírle, una sonrisa estúpida de enamorado. Me abracé a sus piernas. Me apoyó sus manos en mis hombros. Vamos, dale, vamos. No quería soltarla ¿Para qué? ¿Dónde ir? ¿Adonde? Mis dedos recorrían sus muslos dibujando pequeños círculos invisibles de tristeza y soledad, buscando en la carne ese pequeño secreto, eso que era tan solo nuestro, eso que nadie nos podía quitar. Mis manos, impúdicas, leyéndola, agotándola, rozándola apenas, dejando rastros de cuanto la deseaba, de lo que era capaz de hacer por ella, en ella. Vamos, dale, vamos. Una suplica, la voz de la virgencita vaciándose en ese caos demencial, bajo un sol de enero. Un ruego entre sollozos. Pero ella era mía. Y me aferraba con más fuerzas, para no olvidar la humedad de su cuerpo, para tenerla cerca, para devorarla, masticarla, tragarla. Vamos, dale, vamos. No hay donde ir, prima. Los caminos están cerrados y ya es tarde, y nos han encerrado con llave para que no nos escapemos. Y me han dicho que te cuide, y voy a cuidarte. Sí, siempre. Sus manos forcejeaban inútilmente. Algo en ella se entregaba, algo en ella permanecía. Si estamos perdidos, bueno, que así sea. Porque estábamos el uno para el otro, mas allá de toda esta mierda, del mundo, de dios y los hombres. Prima. Primo. Y nos buscamos. Adoraba la humedad de ese cuerpo, el frescor de ese cuerpo joven, de ese perfume que llevaba en mí, que era también mío. La besé para no morirme, para sentir que la vida era algo, eso, ese pequeño instante de gloria, de éxtasis, para no atragantarme en mis miserias, en esta vida mía, en esto que no quiero ser, en la muerte idiota, sofocante, cruel. Sentí el rechazo de su cuerpo, una verdad última, esa pesadilla de estar tan acá, en esta tierra maldita.
Se fue despegando, abandonándome. Existía odio en ella, un odio bíblico, un odio de mitologías esotéricas. No, no, no. Así, acá, ahora. No. Se fue llorando, arrastrando odio, vergüenza, rencor.
No traté de seguirla. Sí, yo era una piedra en el camino del mundo, de la vida, de una belleza que debía desarrollarse. La vieja conciencia, tan viva al fin. Ese extraño sentimiento de dignidad. Era lo que tenía hacerse y lo que no, esa vieja pesadilla. La vi perderse en ese camino zigzagueante de árboles, perderse, perderme. Traté de pararme pero no tenia fuerzas. Trastabillé, me sostuve apoyándome en un árbol, respiré un poco. Estaba mareado. Caminé midiendo la distancia entre un punto de apoyo y el otro. Me detuve un par de veces para respirar hondo. El sol de enero, esta vieja maldición de la tierra.
Caminé esas cuatro cuadras en la más profunda las soledades, mirando esas viejas casas olvidadas de fachadas despintadas, hundidas en la melancolía y el olvido. Esos perros viejos y flacos bufando bajo una sombra cualquiera, refugiándose del calor, del amo y su látigo. Un par de nenes jugaban en un jardín. Y se escapaban de la siesta, de sus padres, de las leyes, de lo que era necesario, lógico, brutal.
Caminé en ese frágil paisaje celeste, en ese desierto sin lagrimas, pensando en Ella, en muestro mundo que se estaba muriendo, en eso que ya no éramos, en esa música extraña y misteriosa hecha de silencios y de suplicas, en sus ojos que ya no me susurraban la belleza del mundo.
A través de esas calles polvorosas, llena de caprichos, bordeadas por casas con jardines y árboles frutales, a través de ese desierto inmaculado, donde el sol acaricia cruelmente esta vida violenta e innecesaria, esta vida de sobra, pobre, pobrecita. Nunca se va a ninguna parte, no aquí. Ahogado en este espiral infinito. La vieja y santa conciencia. Me hacía falta un trago, algo fuerte, una dádiva, una limosna que me despierte, que me embrutezca.
Me detuve en la esquina para observar de lejos el caserón. Me quedé mirándolo. El enjambre doliente yendo y viniendo, los preparativos finales, las prisas. Ese era el mundo, eso que estaba más allá, algo que poco o nada me importaba. Seguí mi marcha. Pensaba en Ella, sólo en Ella. Traté de contener las lágrimas y no pude. Lloraba algo que era, esto, cada paso, la ruinosa marcha sobre esta tierra maldita. Odiarla, no puedo odiarla, no estoy hecho para odiarla, tampoco para amarla.
Continuara…

jueves, 2 de agosto de 2007

Redención (I)


Cuando murió abuelita, no sentí nada. Esto fue en el verano pasado. Toda la noche estuvo agonizando la pobre. La vieja se fue en su cama, entre los susurros de una eterna novena recitada hasta el hartazgo y el traqueteo de un desvencijado ventilador de techo. Así lo había querido ella. Nada de hospitales, ni de curas. En la casa. Abuelo murió en un hospital, entre enfermeras y médicos recelosos. Murió solo, dijo. Y esa no es forma de morir. Esperamos esa muerte toda una noche, en vela, escuchando esa respiración trabajosa, los pequeños quejidos, aguantando el llanto. Murió casi amanecido y las Tías solterotas arreglaron el living para velarla ahí mismo. Corrieron los muebles, prendieron velas. Ellas mismas limpiaron el cuerpo y lo acomodaron en el cajón cuando lo trajeron los de la funeraria. Los parientes de todas partes se amontonaron en las galerías; fueron llegando también los viejos amigos y los conocidos de siempre. Y fueron pasando de a uno al living de la casa. Pasaban y miraban el cuerpo. Los hombres con la mirada inerte y vidriosa, silenciosos, incómodos, buscando en sus mentes uno de esos comentarios que siempre se dicen, esas palabras que nada significan. Los hombres naufragaron ante esa muerte, sumidos en la impotencia de algo que no eran capaces de entender. Pero las mujeres estaban en terreno seguro y supieron como actuar. Ellas se acercaban a la abuela y le pasaban suavemente la mano por la frente, se inclinaban sobre ella para rozar apenas sus labios en las resecas mejillas. Miraban a un costado y veían a la criatura asustada, prendida de su falda y decían, “vení, despedite de la abuelita” y la alzaban por encima del cajón, para que le den ese último beso. Si. Las mujeres supieron estar a la altura de esa muerte, que no era una muerte cualquiera: era la muerte de la matriarca, de esa mujer dura que durante décadas había gobernado por sobre los vivos y los muertos también; diciendo a quién se respetaba y por qué, a quién se le llevaba flores al cementerio, la foto de quién se guardaba, quién se sentaba cerca suyo, cerca de esa extraña luz de la casa. Y todo se hizo tal cual Ellas dispusieron. Al fin y al cabo, Ellas eran las herederas.
No quise estar cerca de esa muerte. Entre una sola vez al living, extrañado por la forma en la que habían decorado el lugar. El viejo y pesado televisor había desaparecido, junto con las inmensas radios que eran de abuelo. Todo estaba en tinieblas, las sillas apostadas contra las paredes, las ventanas cerradas. Alguien había parado el reloj de péndulo y los espejos estaban tapados. Faltaban la mesa central que nadie usaba, la cómoda y un gigantesco ropero que fueron a parar a la habitación de mi tía muerta. En las paredes se notaba el lugar que ocupaban algunos cuadros, las fotos familiares, y los platitos decorados que coleccionaba abuela. Apenas entre unos segundos, los suficientes para ver a la vieja. Miré su cuerpo reseco y delgado tendido en el cajón, a los dolientes llorándola, la cara de mis parientes; de mi madre que tanto la quería; de sus hijas, mis tías, que solo vivían para ella; de mis primos, sus nietos; de todos los que habían compartido sus días, y solo me podía sentir distante, mirar desde lo lejos eso que estaba pasando, porque ese no era mi drama. Yo no era ellos, no los reconocía, no compartía sus lágrimas, ni la angustia del adiós. Preferí salir y estar solo. Me quede en la puerta de entrada, fumando tranquilo. El calor empezaba a ser insoportable. No había comido ni dormido en toda la noche y estaba mareado. Cada tanto alguien se me acercaba y me decía algunas palabras que no escuchaba, que no quería escuchar. Para el mediodía no soportaba más toda esa agitación, los sollozos, la mirada triste de los viejos y me fui al río a perder un poco de tiempo. Camine las cuatro cuadras bajo un sol intenso y abrasador y me tiré debajo del primer árbol que encontré. Prendí un cigarrillo, que me resecó la garganta. Tenía un extraño sabor acido en la boca que se acentuaba a cada pitada. Me sentía mareado, el sol me había hecho mal, un intenso dolor de cabeza apenas me dejaba entreabrir los ojos. Me sentía terriblemente cansado y me deje caer. Habré dormido unas dos horas, un sueño intenso, pesado, sofocante.
Me despertó mi prima. Sentí unas pataditas en las costillas y la vi, enteramente de blanco, con el sol a sus espaldas y el vestido transluciéndose. Con una de mis manos la tome de uno de sus tobillos y le acaricié suavemente las pantorrillas. Pude ver el reproche en sus ojos, una de esas miradas que solo una mujer puede lograr.
Continuara...

domingo, 29 de julio de 2007

El derrumbe del campeón (última parte)


Un viejo boxeador tiene sus trucos.
-Lo tenia que hacer, tenia que destruir todo- Averno estaba desencajado.
Ganar. Para 1114 ya no era posible ganar, no estaba en su naturaleza. Pero podía hacer el mayor daño posible. En la esquina de “Chico” se había armado un terrible revuelo, su entrenador trataba de calmarlo mientras un asistente le revisaba la mano. El viejo sonreía y miraba todo sin prestarle demasiada atención a lo que le decían. Ese antiguo instinto primario se activo en Él. Asomaba su cabeza y sus fosas nasales se ensanchaban. Podía oler el miedo. La pelea recién comenzaba.
-No quiero que lo lastimen- dijo Adelle.
-Nadie lo va a lastimar, no durante la pelea- le contesté.
Adelle entendió. Para una mujer como Adelle no es difícil hacerlo.
-¿Tiene que perder, no?
-No lo se. Pero lo que sí se, es que nadie espera que gane-
Sacó un espejo, un pañuelito y algunas pinturas de su cartera. Apenas pude ver el surco de esa lagrima. Una lagrima por un hombre sin futuro. Alguien había escrito la historia de una vieja puta y un boxeador fracasado. Y ambos estaban obligados a hacer lo que se esperaba de ellos.
En el tercer round 1114 pasó a la ofensiva. Supo aprovechar los nervios y la inexperiencia de “Chico” y conectar un par de golpes. Pero la juventud de su contrincante se imponía. Las indicaciones que le dieron fueron claras: aguantar la pelea, esperar, el viejo no tenía resto, no podía durar mucho.
Bernardez Sansón y Averno se dedicaron a especular.
-No va a pasar del sexto round-
-Yo quiero que aguante hasta el final, así se retira bien-
-Me preocupa la mano de “Chico” ¿Estará quebrada?-
-Si la tiene quebrada que se joda, uno se gasta millonadas entrenado a estos brutos de mierda y se comen cualquier cosa-
-¿Y el título?-
-El “Pichi” Sosa todavía no me cansó del todo, creo que se puede quedar un año mas con el título.
La pelea se volvió aburrida. 1114 llegaba sin fuerzas y “Chico” lo eludía para evitar el enfrentamiento. El velorio duraba más de la cuenta, el muerto se negaba a ser enterrado. En el sexto round el viejo pareció tirar la toalla. Ya no iba a la ofensiva, los brazos le pesaban y se quedaba sin aire. No podía mantener la guardia en alto y dejaba a descubierto su rostro. “Chico” se empezó a animar más, quería rematarlo de una vez por todas y terminar con esa pesadilla. Ya no tiraba golpes al azar, se tomaba su tiempo, lo media, calculaba cada paso, cada puñetazo. La cara de 1114 se fue deformando por los golpes, tenía los ojos amoratados y las cejas hinchadas. Comenzó a sangrar. El árbitro paró la pelea y llamó al médico. Todo parecía el final.
-Fue en sexto, nomás- La voz de Averno sonaba segura y sobradora.
-Esto no va a terminar así-
Bernardez Sansón estaba furioso. 1114 había arruinado su noche. Su Delfín estaba perdido. Esa pelea tenía que ser un trámite. Para fin de año tenía que haber un nuevo campeón: “Chico”. Pero todo el trabajo que se había tomado ya no valía de nada. Llevar a un boxeador a pelear por el titulo requiere de dinero y tiempo. Hace falta encontrar al hombre, crearle un nombre, que se escriba y se hable de Él. Pero “Chico” ya no era ese hombre. A un boxeador como 1114 se lo voltea rápido o se pasa vergüenza. “Chico” Había dilatado demasiado la cosa y terminó con una mano arruinada. Tenia que decirle adiós al campeonato.
-¡¡¡Que siga peleando!!!-
El médico y el árbitro entendieron la orden. “Chico” también entendió de qué se trataba. 1114 escuchó su sentencia sin inmutarse. Adelle dejo caer sus lágrimas y me tomó de las manos. Averno sonreía impúdico.
Ambos boxeadores fueron al centro del ring y chocaron los guantes. A “Chico” le costó arrancar. 1114 aprovechó la situación y pudo colocar un puñetazo en la boca del joven. Con el sacudón éste pareció despertarse. Un par de golpes efectivos abrieron las heridas del viejo y la sangre comenzó a empaparle el rostro. Cada vez que podía, 1114 se abrazaba a su contrincante, tomaba aire, se secaba la sangre del rostro y hacia algo de tiempo. El viejo estaba recibiendo una paliza terrible, pero nadie se atrevía a parar la pelea. “Chico” se ponía cada vez mas nervioso, no entendía como un hombre de la edad de 1114 podía recibir tales golpes y no caer definitivamente. Dos veces había volteado a 1114, en el octavo y en el noveno round, sin embargo el viejo se levantaba y seguía combatiendo. En el décimo el joven estaba cansado, los nervios lo estaban traicionando. Sus pasos perdieron el ritmo, tardaba mucho en cambiar de guardia. Fue perdiendo el swing. Una novatada le costo la cabeza. Tiró un gancho de izquierda, lento e impreciso, que apenas rozó la oreja de 1114, trató de avanzar para meter un derechazo, pero al hacerlo junto ambas piernas en una recta. El viejo vio la oportunidad y de un terrible golpe recto hundió la nariz de “Chico” que pegó un par de manotazos en el aire y rodó por el piso. El arbitro dilato la cuenta. El joven se levanto aturdido y con borbotones de sangre saliéndole de la nariz. Le hicieron las curaciones y la pelea prosiguió. 1114 se jugó su última carta. Esperó al joven con la guardia baja. Un golpe leve le sacudió la mandíbula. Intuyó el remate con la izquierda y dio un paso atrás automáticamente. Pudo ver como el golpe del joven cortaba el aire y pasaba frente suyo sin siquiera tocarlo. La derecha bajo poderosa y se estrello contra la sien izquierda de “Chico”. Las rodillas del joven se flexionaron, sus brazos quedaron en alto y el cuerpo se desplomó inerte. Me levanté de un salto, gritando. El público enmudeció. Averno se
Agarraba la cabeza con ambas manos. Bernardez Sansón gritaba:
-Ese hombre está muerto- y nadie podía saber a ciencia cierta a quien se refería.
El árbitro contó lentamente pero “Chico” ya estaba perdido. Hicieron falta cuatro hombres para ponerlo en pie. 1114, en su esquina, apenas festejaba. Levantó los brazos y saludó a una multitud que ahora coreaba su nombre. Todo había terminado.
Bernardez Sansón se fue con Marilin y George pisándole los talones.
-¿Cuánto perdiste?- Le pregunte a Averno mientras me reía.
-Más de lo que este hijo de mil putas me hizo ganar cuando era bueno- Me contestó enfurecido.
Adelle lloraba desconsolada, pero esta vez lo miraba a Averno con odio.
-Me dijiste que era seguro, que iba a perder-
-¡¡¡Dejame de romper las pelotas, puta de mierda!!!-
Todos esperaban una derrota de 1114, hasta los viejos amigos. Ese hombre era un edificio a punto de derrumbarse. Pero con algo así no se juega sino se quiere morir aplastado.
-Bueno, vamos a emborracharnos a esa fiesta- Averno y su último consuelo.
-No creo que se haga, esta gente no tiene mucho que festejar- acoté.
-Una fiesta nunca se desperdicia- insistió Adelle y me guiñó un ojo- Además, hoy podés tener algo de suerte-
-¿Suerte?- Me reí. La vieja puta y sus mañas- No quiero de esa suerte, prefiero seguir perdiendo. Además, tengo que visitar a un viejo amigo.
Nos separamos y me fui directo al camerino de 1114. Golpeé la puerta.
-No queremos a nadie- Me contestó una voz convincente.
-Dígale al campeón que es Hernán, que quiere verlo-
Escuche su voz cansada que se impuso.
-¡Hernán! ¡Déjenlo pasar!
Estaba sentado sobre una camilla, uno de sus asistentes le quitaba el guante derecho.
-¿Cómo está esa mano?-
-Quebrada- me respondió- Si con ese último golpe no lo volteaba, lo único que me quedaba hacer era salir corriendo-
Nos reímos. Me lo quede mirando, era un guiñapo sanguinolento e hinchado.
-Estas lindo-
Nos volvimos a reír.
-¿Adelle?-
-Fue a la fiesta- le dije sin mas.
-Esa fiesta, no creo que vaya. Querían una derrota y yo los defraude.
-¿Sí?-
-Sí-
-Se los alcanzas a ella- Me dio los guantes- Esta fue la última, no quiero mas lola.
-Yo se los alcanzo- mentí.
-Y decile que en la semana la veo-
-Yo que vos me tomo un mes, o dos. Si te ve así se va a impresionar- Volví a mentirle.
-¿Apostaste?- Había una intención en su pregunta.
-Nunca lo hice-
-¿Cuánto ganaste?
-La bolsa me alcanza para pagar algunas cuentas y tirar un par de meses-
-¿Y cuanto apostaste?-
-Aposté por Él-
-¿Y por que ganaste? De esa forma, aguantando hasta el final.
-Cuando la vi ahí se me rompió el corazón. Ella confía en mí, Hernán. No podía defraudarla.
Trate de sonreír.
-Me tengo que ir- No soportaba mas esa noche.
-Gracias- Me dijo y sus ojos se humedecieron.
-¿Por qué?
- Por llamarme “El campeón”.
Me fui. Afuera hacia frío. Camine un par de cuadras antes de subirme a un taxi.
-¿Viene de ver la pelea? Me preguntó el taxista.
¬-Unos viejos amigos me invitaron- Le contesté con amargura.
-¿Y eso?- El taxista señalo los guantes.
-Son los de 1114-
-¿Sabe cuanto puede valer esto?-
Los arroje sobre el asiento del acompañante.
-¿Un viaje en taxi, tal tez?
-No, no los puedo aceptar- El taxista me pareció honesto.
-Acéptelos, para mi valen tanto como la lealtad de una puta-
El tipo me dio las gracias y siguió manejando. Me hundí en el asiento, abrí la ventanilla y prendí un cigarrillo. Fumé lentamente. Pensé en todo el dinero que había perdido y comencé a reírme como un loco.

viernes, 27 de julio de 2007

El derrumbe del campeón (IV)


Adelle, Una bella y extraña melodía perdida en el tiempo. Nadie había podido ver a través de sus ojos, nadie la conocía realmente. Éstas mujeres están hechas de silencio y rencor. Hay algo en ella que atrae, algo primario y pulsional. Muchos hombres perdieron la cabeza por ella y no era mi deseo engrosar la lista.
-¿Te estabas escapando?- Me dijo, impostando la dureza.
-Tal vez, y es algo que no quiero averiguar- Le conteste.
El locutor anunció a 1114. Hubo griterío, aplausos, explosiones, música y todo el circo. El amigo salió por un lateral y una herradura de asistentes lo acompañaba. El viejo campeón volvía al ruedo. Iba con la mirada gacha, bamboleando su cuerpo, sacudiendo los brazos y la cabeza. Se lo veía sereno, reconcentrado. Cinco años habían pasado. Se fue abriendo paso lentamente, paladeando los aplausos y el griterío. Se subió al ring y saludó a la multitud con los brazos en alto. Los tres nos paramos para verlo. Adelle me tomó del brazo y me dijo al oído:
-El nunca se olvido de ustedes-
-Nosotros si de Él- le conteste tristemente.
El locutor anunció a “Chico”. El circo se trasformó en carnaval. Los aullidos y aplausos hicieron estallar el estadio. “Chico” avanzaba triunfal y en su paso se descubría la soberbia de un ejercito conquistador. En el fondo de mi alma empecé a desear el triunfo de 1114. Era improbable que mi amigo ganara, pero cada tanto me permito soñar.
En el ring ambos boxeadores se clavaron la mirada, mientras sus entrenadores les daban las últimas indicaciones. Si en 1114 se adivinaba una extraña serenidad, “Chico” estaba impaciente por terminar con ese trámite.
Sonó la campana. “Chico” se abalanzó sobre 1114, y una lluvia de puñetazos cayó sobre Él. Resistió la primera embestida y aprovechando su altura le empezó a marcar la distancia con la derecha. “Chico” se movía de un lado a otro, bailoteando alrededor del campeón, buscando el ángulo, el punto débil. Metía una mano y luego otra, retrocedía. Golpes directos, torpes, pero efectivos. 1114 parecía no tener mucha cuerda y especulaba con el tiempo. Seguía con la derecha recta, imponiendo distancia. “Chico” se animó con una segunda embestida. 1114 pareció no soportarla, trastabilló y terminó contra las cuerdas. Esta vez “Chico” fue mas efectivo. Un golpe rápido con la izquierda se clavo en el hígado del viejo, la derecha buscó la mandíbula y su cabeza giro brutalmente. 1114 dejó caer todo el peso de su cuerpo contra el de “Chico”. Los cuerpos se entrelazaron. Los brazos de 1114 atenazaron al joven. Apoyó su cabeza sobre el hombro de su contrincante, tratando de tomar aire, de recuperarse. El árbitro tardó demasiado tiempo en separarlos y el primer round terminó.
1114 se tambaleó hacia su esquina. “Chico” lo miraba con aires de superioridad. Adelle se volvió a aferrar de mi brazo, pero esta vez no dijo nada. Fue averno el que habló.
-Ya está perdido, de éste no pasa-
Parecía disfrutar el fracaso de 1114. Cruzó las piernas y tiró su cuerpo para atrás. Prendió un cigarrillo. Una sonrisa de satisfacción se dibujo en sus labios.
-¿Puede ganar?- Preguntó Adelle.
No había nada de inocente en ella. Simplemente lo dijo, desapasionada, esperando una respuesta cualquiera. Averno fingió reírse. Yo estaba concentrado en la esquina de 1114. Lo veía respirar con dificultad. Sentado en su rincón con las piernas abiertas y los brazos caídos parecía un antiguo dios pagano.
La campana sonó y 1114 se levantó con dificultad, arrastrando los pies. Parecía llevar un terrible peso en sus hombros. “Chico”, en cambio, de un salto se ubicó en el centro del ring, dibujando círculos con los puños y moviendo la cabeza de un lado a otro. El joven insistió con esa seguidilla de golpes descontrolados y torpes. 1114 simplemente se cubría, aguantando la envestida y tratando de no quedar otra vez contra las cuerdas. 1114 bajo la guardia. Pude adivinar la jugada desde el principio, un viejo boxeador tiene sus trucos. “Chico” pensó que ésa era su oportunidad y le lanzó un golpe recto y violento. El campeón inclinó la cabeza y el puño del joven se estrelló contra su frente. Pude sentir como “Chico” resentía la mano y daba un paso atrás, asustado. 1114 cayó espectacularmente. Aguantó la cuenta hasta los ocho y se incorporó como si nada. El público saltó de sus asientos indignado. No podían entender como “Chico” había dejado pasar la oportunidad de rematar a 1114. Averno estaba pálido. Bernardez Sansón gritaba como loco y amenazaba con desatar un infierno. Lo poco que restaba del segundo round fue aburrido. 1114 se limitó a marcar la distancia con la derecha. El joven estaba aterrado y sólo se animó con un par de golpes.
Continuara…

martes, 24 de julio de 2007

El derrumbe del campeón (III)


-Por una derrota digna- dijo Bernardez Sansón, sacando una petaca de su sobretodo.
-Y por los viejos amigos- retruque aceptando su invitación.
Sentí como ese whisky barato me quemaba las entrañas, sin embargo le di otro trago y un tercero.
Tenía el estómago vacío y un mal humor de perros. Ese hombre lleno de secretos podía trastornarme y a esta altura del partido ya era capaz de cualquier cosa. Quise provocarlo, sin saber donde me metía.
-¿Qué paso hace cinco años?- ladré.
-Los viejos amigos, mi querido Hernán, aprenden a mentirse para no hacerse daño.
-El único que salió dañado es 1114-
-Ah, ese… Si hubiera tenido un poco de cerebro no estaría arrastrándose ni dejándose romper la cara por un par de pesos-
-¿Cuánto ganaste con el arreglo?-
-¿Arreglo?-
-Un campeón como 1114, con 13 defensas del título, no pierde con un desconocido sin que alguien lo decida-
-jajaja… ¿Ganar? ¡Con ese borracho calentón perdí más de lo que gane! En la pelea contra el correntino ese, apenas se podía mantener en pie, si fue un milagro que se suba al ring ¡Querido!-
-Alguien le daba de tomar, alguien le acercaba las minas-
Me lanzó una mirada despectiva.
-Te quiero por que seguís siendo un inocente. 1114 estaba descontrolado, nadie le podía decir nada. Hizo lo que quiso y así termino ¿Sabes? Ciertas mujeres son más difíciles de encontrar que de perder, por lo menos mientras dure el dinero.
-No puedo dejar de pensar que el correntino era uno de los tuyos, y que el “Guapo” ese que le ganó el título también era de tu propiedad, como también “Catarata” Fernández y el “Pichi” Sosa, el actual campeón-
-Este es un negocio chico ¿Acaso me vas a acusar de ser bueno en mi trabajo?
-Bueno, nadie es tan bueno-
-Lo sé, simplemente soy el mejor, la única diva del box-
Demasiados secretos. Todos los hombres poseen un secreto, pero Bernardez Sansón difícilmente sea un hombre.
-Cuando quieras saber la verdad, vení a casa. Mis muchachines saben como atender a los invitados-
-Por ahora paso, solo espero que hoy nos puedas ofrecer una derrota digna-
-Yo no arreglo peleas, eso sale muy caro, y la plata cuesta trabajo-
Lo examine de pies a cabeza. Solo en este negocio podía surgir un matón de mocasines blancos, traje de seda y maquillado como una diva en decadencia.
-Si no nos vamos ahora la pelea va a empezar sin nosotros, y va a ser feo que las cámaras de televisión muestren dos lugares vacíos en el palco de honor-
La última palabra que pensaba escuchar: Honor.
-Bueno, voy a llamar a mi escolta-
Hizo un gesto con la mano y dos gorilas aparecieron de la nada.
-El de la cicatriz es George, le digo así por que se parece al cantante, son dos gotas de agua, ¿no? El otro es Marilin y no te pienso decir por que lo llamo así- Los dos hombres permanecieron inmutables- Hernán, mi gran amigo, nos va a acompañar. A Él no le digo de ninguna forma por que esta de mal humor- Se rió solo.
Avanzamos por un pasillo largo y oscuro, con olor a humedad. El piso estaba mojado. Prendí un cigarrillo. Bernardez Sansón iba dándoles indicaciones a sus gorilas.
-¿Dónde sentaron al diputado?- su voz se ponía chillona, mas molesta que de costumbre.
-Atrás a la izquierda- le contestó Marilin.
-Bien, bien, bien, porque es una garroñero y no lo quiero tener cerca.
-¿A los actorcitos?
-Al lado suyo, a la izquierda-
-Jajaja, lindos chicos, y de buena familia-
La situación me daba asco. Los deje avanzar, no quería escuchar esa conversación.
-¡Querido! No te quedés atrás, vamos, vamos que se nos hace tarde-
Se me acercó y me tomó del brazo.
-¡Disculpame! Pero este tipo de cosas no pueden quedar libradas al azar. Este negocio no sólo se trata de arreglar peleas, sobornar periodistas y montar un espectáculo en el que nadie cree, sino también, y por sobre todas las cosas, de ir relacionándose un poco con todos. Hoy en día sin contactos no se llega a ninguna parte ¿conocías ésta parte del estadio? ¡Ves que conmigo aprendes cosas nuevas!
Caminamos unos metros en esas catacumbas y salimos a una puerta lateral del estadio. Bernardez Sansón se despego de mi y se acobachó entre sus gorilas. Otra vez los deje seguir su camino. Entre la multitud me sentí aun más solo que antes. Trataba de escuchar los comentarios, pero no me podía concentrar. El ambiente estaba espeso y el aire irrespirable. Llegamos al palco. Averno y Adelle estaban callados, abstraídos en sus pensamientos. Bernadez Sansón pasó frente a Ella y le dijo:
-Acá lo tenés ¿Ves como te lo traje?-
Adelle pareció sonrojarse y se mordió los labios. Por unos instantes fui capaz de enamorarme de ella. La vieja puta todavía podía sonrojarse y eso era lo más bello que veía en mucho tiempo.
Continuara…

lunes, 23 de julio de 2007

El derrumbe del campeón (II)


En la puerta del estadio me detuve frente a la gigantografia de 1114. Era una caricatura de sí mismo, se lo veía viejo y demacrado, con los ojos hundidos y las pequeñas orejas en coliflor. En otros tiempos había llegado a ser “el campeón”. Tenía una de las derechas más poderosas que pude ver en mi vida, quirúrgicamente precisa, un mazazo que sacudía a sus rivales y los dejaba sin saber que les había pasado por encima. Siempre careció de técnica, podía resistir una terrible paliza y arremeter con todas sus fuerzas de un momento a otro. Un peleador callejero, un matón de bar al que lo llenaron de dinero, fama y mujeres fáciles. Una historia repetida hasta el cansancio.
Desde el lobby se oía los rugidos del público. Me separe de mis compañeros, la pelea se había retrasado y me invadió el deseo de estar solo por unos minutos. Prendí un cigarrillo y me puse a leer el programa. El “Chico” Rodríguez, pura ambición, 22 años, aspirante al título. 1114 sería un trámite, otro viejo que se niega a dejar el ring; no pasaría del primer round, golpes rápidos, certeros, uno detrás de otro. Con este triunfo ya podía reclamar el título, y hasta se rumoreaba que el campeonato ya estaba pactado para fin de año. Por eso 1114, un trámite. Con el viejo se hace de un nombre, gana los puntos suficientes y se cuida de recibir algún golpe de más. Así se hacen las cosas, alguien pierde, otros ganan.
Este tipo de lugares huelen a orina y sangre, pienso mientras prendo otro cigarrillo.
-Feo vicio- Estucho esa voz podrida, a mis espaldas, y se de quien se trata.
La voz me sale lacónica, no levanto la vista para mirarlo, esos ojos saltones de vaca al matadero de Bernardez Sansón me provocan asco, repulsión.
-Sabía que algo olía mal, pero no adivinaba qué-
Él se ríe y me extiende la mano. La siento fofa, muerta. Me mira con picardía y dice:
-Es una noche de encuentros, me acabo de encontrar con Adelle y Averno ¡Cuántos recuerdos! ¿Cuanto paso? ¿Siete, ocho años?
-Pocos, de seguro- le contesto.
-Hernán, los años te han amargado-
-¿Los años?, los hombres, y algunas mujeres también.
-Jajajaja, eso es por no andar con gente joven. Nadie menor de 20, Hernán.
-Veo que el león todavía no perdió sus dientes ¿Qué edad tiene tu último muchachito?
Inclina la cabeza, una mueca de lujuria se dibuja en su rostro. Hay algo de perverso en ese hombre, algo inconfesable y secreto.
-No les pregunto la edad.
- ¿Y Chico?
-Chico es un bruto, uno más, dinero rápido.
-Mucho músculo y nada de cerebro.
-Demasiada ambición, la conjunción perfecta en este negocio.
Lo miro con desprecio, la vieja rata.
-¿Tenias que meterte con 1114?
-Le estoy haciendo un favor de amigo. Nadie, salvo yo, hubiera podido subirlo al ring. Esta acabado, no dan ni un peso por Él. Tiene la mano quebrada, la derecha. Nadie sabe lo que tuve que hacer para conseguirle una pelea a ese hombre. 1114 funciona a base de pastillas y alcohol barato. Tuve que sobornar a mucha gente para que pase los exámenes. Claro que siempre tiene que haber un villano, y yo nunca desprecie ningún papel. Me dedico a eso, a hacer favores, y si con ello gano algo de dinero no se me puede culpar.
A nadie se puede culpar, esa es la consigna de este negocio. Y menos a ese personaje desgraciado. Aprendió a tomar ventaja a fuerza de miserias, de traiciones, de contratos draconianos y paraísos artificiales. Perdió tanto como gano, un hombre con tantos vicios no puede ahorrar. Comenzó representando artistas y el escándalo lo exilio en este purgatorio en donde nadie pregunta mucho, donde se ve lo imprescindible y se cuenta lo necesario.
En unos instantes más sería el regreso de 1114, del viejo campeón. Cinco años fuera del boxeo en donde se ganó la vida de cualquier forma. Para este tipo de hombres siempre hay dinero si no se miden las consecuencias, y Él no las midió. Sentí al locutor anunciar la próxima contienda y se me hizo un nudo en la garganta. Todo estaba por terminar. Tal vez Averno tuviera razón y todo este jolgorio no fuera más que un velorio. Habrá imaginado su final en el cuadrilátero, bajo las luces, arrullado por las voces de la tribuna. Tal vez fuera eso, o solamente el dinero.
Continuara…

domingo, 22 de julio de 2007

El derrumbe del campeón (I)

Averno. Odio a ese hombre. Para Averno la tristeza se transformó en cinismo.
Brindo con Averno, aunque quisiera matarlo.
-Viniste al velorio, no pensé que fueras a venir- Me dice mientras sonríe.
Esas extrañas ganas de matarlo que siempre tuve.
-La viuda todavía no llegó, y nosotros ya estamos borrachos- agrega.
Averno. Me clava esa mirada de mal poeta, de profeta apocalíptico y alcoholizado.
-1114 esta acabado, es alimento para los carroñeros que quieren ganar fama rápido. Ahora es solo un nombre, un viejo borracho que no se digna a bajarse del ring. Alguien quiso cobrarse una vieja factura, y ahí esta nuestro amigo dispuesto a pagarla. Al tipo le tiemblan las manos, no tiene reflejos, pero se sube igual. Espero que esta sea la última, lo mejor que puede hacer es morirse en el cuadrilátero y que la viuda cobre el seguro-
Me sirvo otro trago. El boliche de siempre, esas caras ajadas, la oscuridad, el humo. Aquí todo tiene un precio definido, todo se compra y se vende. Extraño esta sincera brutalidad. Aquí se sabe quien va a morir y la pólvora se huele kilómetros de distancia. Este mundo puede transfigurase fácilmente: puede rugir, roncar, apretar las muelas, reír, dejarse caer; eyacular, vomitar, ponerse paranoico para apuntarte un revolver en la cabeza y brindar a tu suerte al mismo tiempo. Aquí es imprescindible el espejo, la mirada furtiva, la espalda contra la pared y los ojos sobre la puerta. En este tipo de lugares las mujeres nunca están solas, siempre están esperando a alguien que no llega, que no tiene nombre y que tarda más de la cuenta. En este lugar hay que saber preguntar.
La veo llegar, ese viejo poema. Atraviesa las mesas como una gata, sus pasos son sutiles exhalaciones. Compruebo que sigue siendo el centro del universo, que el mundo es eso que esta alrededor suyo.
-La vieja puta todavía mantiene sus encantos- dice Averno mientras me guiña un ojo.
La vieja puta, pienso. La vieja puta, digo, casi susurrando. Y ella nos mira desde la distancia entre irónica y desganada.
-Señores, espero que sea un placer verlos-
-Para usted el placer siempre fue una rutina- La torre de marfil de Averno se manifiesta inviolable, a pesar de todo.
Me levanto para saludarla, y le acomodo la silla.
-Hernán, usted siempre un caballero-
Se sienta, sutil. La veo nerviosa y distante. Saca un cigarrillo. Le doy fuego, me toma de las manos y me da un “gracias” que suena a suplica, a lamento.
-¿A veces me pregunto como es que 1114 los quiere tanto? Siempre esta hablado de ustedes. Para Él, el tiempo nunca pasa. Lo envidio, a mí no me queda nadie, y el siempre tiene a su gente, a sus amigos, a sus admiradores-
-Y a sus rivales, y a sus años- la interrumpe Averno.
-Sí, y a sus años- se ríe ella.
Silencio.
Nos miramos. Nadie en la mesa cree que 1114 pueda ganar. Ganar es una palabra, una situación, un estado de ánimo, pero a su edad nadie gana y eso lo sabemos todos.
-Todos quieren pelear con Él. Lo peor de todo es que Él quiere pelear con todos, y siempre hay uno dispuesto a poner el dinero suficiente para hacerlo realidad- La vieja puta tiembla.
-Leí que dejo de tomar- digo, para decir algo.
-Los vicios son vicios- agrega Ella.
-Y yo brindo por los vicios- La voz de Averno es triunfal.
-¡Por los viejos vicios, por los viejos amigos!- Celebra Ella.
Los viejos amigos, quisiera tenerlos. 1114 es un fantasma. Un cuerpo andrajoso retorciéndose en un colectivo traqueteante, un fantasma en la noche que se empecina en recordar sus viejas tristezas. Se que Él sueña triunfos: un cross preciso con la derecha, la izquierda rápida, una mandíbula que se sacude y un cuerpo que se bambolea; el remate, preciso: la derecha a fondo y el hombre cae, pesado. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Nueve, diez. Los brazos en alto, el grito de la tribuna, los periodistas que se empecinan en sacarle algo, cualquier cosa, y una rubia que se seca las lágrimas con la mano mientras le grita: ¡¡¡TE AMO!!! 1114 esta acabado, solo le quedan sus sueños.
Sabemos que nos queda poco. En quince minutos más será el comienzo de ese final, del final de 1114. Nos miramos, nada nos une, salvo esa tristeza, esa mugre de tristeza. 1114 y sus últimos amigos: Una vieja puta que lo supo consolar hasta el final; un mal poeta ganado por el cinismo y la ginebra; y yo, que ya no se ni quien soy.

Continuara...