sábado, 4 de agosto de 2007

Redención (II)


Traté de sonreírle, una sonrisa estúpida de enamorado. Me abracé a sus piernas. Me apoyó sus manos en mis hombros. Vamos, dale, vamos. No quería soltarla ¿Para qué? ¿Dónde ir? ¿Adonde? Mis dedos recorrían sus muslos dibujando pequeños círculos invisibles de tristeza y soledad, buscando en la carne ese pequeño secreto, eso que era tan solo nuestro, eso que nadie nos podía quitar. Mis manos, impúdicas, leyéndola, agotándola, rozándola apenas, dejando rastros de cuanto la deseaba, de lo que era capaz de hacer por ella, en ella. Vamos, dale, vamos. Una suplica, la voz de la virgencita vaciándose en ese caos demencial, bajo un sol de enero. Un ruego entre sollozos. Pero ella era mía. Y me aferraba con más fuerzas, para no olvidar la humedad de su cuerpo, para tenerla cerca, para devorarla, masticarla, tragarla. Vamos, dale, vamos. No hay donde ir, prima. Los caminos están cerrados y ya es tarde, y nos han encerrado con llave para que no nos escapemos. Y me han dicho que te cuide, y voy a cuidarte. Sí, siempre. Sus manos forcejeaban inútilmente. Algo en ella se entregaba, algo en ella permanecía. Si estamos perdidos, bueno, que así sea. Porque estábamos el uno para el otro, mas allá de toda esta mierda, del mundo, de dios y los hombres. Prima. Primo. Y nos buscamos. Adoraba la humedad de ese cuerpo, el frescor de ese cuerpo joven, de ese perfume que llevaba en mí, que era también mío. La besé para no morirme, para sentir que la vida era algo, eso, ese pequeño instante de gloria, de éxtasis, para no atragantarme en mis miserias, en esta vida mía, en esto que no quiero ser, en la muerte idiota, sofocante, cruel. Sentí el rechazo de su cuerpo, una verdad última, esa pesadilla de estar tan acá, en esta tierra maldita.
Se fue despegando, abandonándome. Existía odio en ella, un odio bíblico, un odio de mitologías esotéricas. No, no, no. Así, acá, ahora. No. Se fue llorando, arrastrando odio, vergüenza, rencor.
No traté de seguirla. Sí, yo era una piedra en el camino del mundo, de la vida, de una belleza que debía desarrollarse. La vieja conciencia, tan viva al fin. Ese extraño sentimiento de dignidad. Era lo que tenía hacerse y lo que no, esa vieja pesadilla. La vi perderse en ese camino zigzagueante de árboles, perderse, perderme. Traté de pararme pero no tenia fuerzas. Trastabillé, me sostuve apoyándome en un árbol, respiré un poco. Estaba mareado. Caminé midiendo la distancia entre un punto de apoyo y el otro. Me detuve un par de veces para respirar hondo. El sol de enero, esta vieja maldición de la tierra.
Caminé esas cuatro cuadras en la más profunda las soledades, mirando esas viejas casas olvidadas de fachadas despintadas, hundidas en la melancolía y el olvido. Esos perros viejos y flacos bufando bajo una sombra cualquiera, refugiándose del calor, del amo y su látigo. Un par de nenes jugaban en un jardín. Y se escapaban de la siesta, de sus padres, de las leyes, de lo que era necesario, lógico, brutal.
Caminé en ese frágil paisaje celeste, en ese desierto sin lagrimas, pensando en Ella, en muestro mundo que se estaba muriendo, en eso que ya no éramos, en esa música extraña y misteriosa hecha de silencios y de suplicas, en sus ojos que ya no me susurraban la belleza del mundo.
A través de esas calles polvorosas, llena de caprichos, bordeadas por casas con jardines y árboles frutales, a través de ese desierto inmaculado, donde el sol acaricia cruelmente esta vida violenta e innecesaria, esta vida de sobra, pobre, pobrecita. Nunca se va a ninguna parte, no aquí. Ahogado en este espiral infinito. La vieja y santa conciencia. Me hacía falta un trago, algo fuerte, una dádiva, una limosna que me despierte, que me embrutezca.
Me detuve en la esquina para observar de lejos el caserón. Me quedé mirándolo. El enjambre doliente yendo y viniendo, los preparativos finales, las prisas. Ese era el mundo, eso que estaba más allá, algo que poco o nada me importaba. Seguí mi marcha. Pensaba en Ella, sólo en Ella. Traté de contener las lágrimas y no pude. Lloraba algo que era, esto, cada paso, la ruinosa marcha sobre esta tierra maldita. Odiarla, no puedo odiarla, no estoy hecho para odiarla, tampoco para amarla.
Continuara…

jueves, 2 de agosto de 2007

Redención (I)


Cuando murió abuelita, no sentí nada. Esto fue en el verano pasado. Toda la noche estuvo agonizando la pobre. La vieja se fue en su cama, entre los susurros de una eterna novena recitada hasta el hartazgo y el traqueteo de un desvencijado ventilador de techo. Así lo había querido ella. Nada de hospitales, ni de curas. En la casa. Abuelo murió en un hospital, entre enfermeras y médicos recelosos. Murió solo, dijo. Y esa no es forma de morir. Esperamos esa muerte toda una noche, en vela, escuchando esa respiración trabajosa, los pequeños quejidos, aguantando el llanto. Murió casi amanecido y las Tías solterotas arreglaron el living para velarla ahí mismo. Corrieron los muebles, prendieron velas. Ellas mismas limpiaron el cuerpo y lo acomodaron en el cajón cuando lo trajeron los de la funeraria. Los parientes de todas partes se amontonaron en las galerías; fueron llegando también los viejos amigos y los conocidos de siempre. Y fueron pasando de a uno al living de la casa. Pasaban y miraban el cuerpo. Los hombres con la mirada inerte y vidriosa, silenciosos, incómodos, buscando en sus mentes uno de esos comentarios que siempre se dicen, esas palabras que nada significan. Los hombres naufragaron ante esa muerte, sumidos en la impotencia de algo que no eran capaces de entender. Pero las mujeres estaban en terreno seguro y supieron como actuar. Ellas se acercaban a la abuela y le pasaban suavemente la mano por la frente, se inclinaban sobre ella para rozar apenas sus labios en las resecas mejillas. Miraban a un costado y veían a la criatura asustada, prendida de su falda y decían, “vení, despedite de la abuelita” y la alzaban por encima del cajón, para que le den ese último beso. Si. Las mujeres supieron estar a la altura de esa muerte, que no era una muerte cualquiera: era la muerte de la matriarca, de esa mujer dura que durante décadas había gobernado por sobre los vivos y los muertos también; diciendo a quién se respetaba y por qué, a quién se le llevaba flores al cementerio, la foto de quién se guardaba, quién se sentaba cerca suyo, cerca de esa extraña luz de la casa. Y todo se hizo tal cual Ellas dispusieron. Al fin y al cabo, Ellas eran las herederas.
No quise estar cerca de esa muerte. Entre una sola vez al living, extrañado por la forma en la que habían decorado el lugar. El viejo y pesado televisor había desaparecido, junto con las inmensas radios que eran de abuelo. Todo estaba en tinieblas, las sillas apostadas contra las paredes, las ventanas cerradas. Alguien había parado el reloj de péndulo y los espejos estaban tapados. Faltaban la mesa central que nadie usaba, la cómoda y un gigantesco ropero que fueron a parar a la habitación de mi tía muerta. En las paredes se notaba el lugar que ocupaban algunos cuadros, las fotos familiares, y los platitos decorados que coleccionaba abuela. Apenas entre unos segundos, los suficientes para ver a la vieja. Miré su cuerpo reseco y delgado tendido en el cajón, a los dolientes llorándola, la cara de mis parientes; de mi madre que tanto la quería; de sus hijas, mis tías, que solo vivían para ella; de mis primos, sus nietos; de todos los que habían compartido sus días, y solo me podía sentir distante, mirar desde lo lejos eso que estaba pasando, porque ese no era mi drama. Yo no era ellos, no los reconocía, no compartía sus lágrimas, ni la angustia del adiós. Preferí salir y estar solo. Me quede en la puerta de entrada, fumando tranquilo. El calor empezaba a ser insoportable. No había comido ni dormido en toda la noche y estaba mareado. Cada tanto alguien se me acercaba y me decía algunas palabras que no escuchaba, que no quería escuchar. Para el mediodía no soportaba más toda esa agitación, los sollozos, la mirada triste de los viejos y me fui al río a perder un poco de tiempo. Camine las cuatro cuadras bajo un sol intenso y abrasador y me tiré debajo del primer árbol que encontré. Prendí un cigarrillo, que me resecó la garganta. Tenía un extraño sabor acido en la boca que se acentuaba a cada pitada. Me sentía mareado, el sol me había hecho mal, un intenso dolor de cabeza apenas me dejaba entreabrir los ojos. Me sentía terriblemente cansado y me deje caer. Habré dormido unas dos horas, un sueño intenso, pesado, sofocante.
Me despertó mi prima. Sentí unas pataditas en las costillas y la vi, enteramente de blanco, con el sol a sus espaldas y el vestido transluciéndose. Con una de mis manos la tome de uno de sus tobillos y le acaricié suavemente las pantorrillas. Pude ver el reproche en sus ojos, una de esas miradas que solo una mujer puede lograr.
Continuara...