domingo, 22 de julio de 2007

El derrumbe del campeón (I)

Averno. Odio a ese hombre. Para Averno la tristeza se transformó en cinismo.
Brindo con Averno, aunque quisiera matarlo.
-Viniste al velorio, no pensé que fueras a venir- Me dice mientras sonríe.
Esas extrañas ganas de matarlo que siempre tuve.
-La viuda todavía no llegó, y nosotros ya estamos borrachos- agrega.
Averno. Me clava esa mirada de mal poeta, de profeta apocalíptico y alcoholizado.
-1114 esta acabado, es alimento para los carroñeros que quieren ganar fama rápido. Ahora es solo un nombre, un viejo borracho que no se digna a bajarse del ring. Alguien quiso cobrarse una vieja factura, y ahí esta nuestro amigo dispuesto a pagarla. Al tipo le tiemblan las manos, no tiene reflejos, pero se sube igual. Espero que esta sea la última, lo mejor que puede hacer es morirse en el cuadrilátero y que la viuda cobre el seguro-
Me sirvo otro trago. El boliche de siempre, esas caras ajadas, la oscuridad, el humo. Aquí todo tiene un precio definido, todo se compra y se vende. Extraño esta sincera brutalidad. Aquí se sabe quien va a morir y la pólvora se huele kilómetros de distancia. Este mundo puede transfigurase fácilmente: puede rugir, roncar, apretar las muelas, reír, dejarse caer; eyacular, vomitar, ponerse paranoico para apuntarte un revolver en la cabeza y brindar a tu suerte al mismo tiempo. Aquí es imprescindible el espejo, la mirada furtiva, la espalda contra la pared y los ojos sobre la puerta. En este tipo de lugares las mujeres nunca están solas, siempre están esperando a alguien que no llega, que no tiene nombre y que tarda más de la cuenta. En este lugar hay que saber preguntar.
La veo llegar, ese viejo poema. Atraviesa las mesas como una gata, sus pasos son sutiles exhalaciones. Compruebo que sigue siendo el centro del universo, que el mundo es eso que esta alrededor suyo.
-La vieja puta todavía mantiene sus encantos- dice Averno mientras me guiña un ojo.
La vieja puta, pienso. La vieja puta, digo, casi susurrando. Y ella nos mira desde la distancia entre irónica y desganada.
-Señores, espero que sea un placer verlos-
-Para usted el placer siempre fue una rutina- La torre de marfil de Averno se manifiesta inviolable, a pesar de todo.
Me levanto para saludarla, y le acomodo la silla.
-Hernán, usted siempre un caballero-
Se sienta, sutil. La veo nerviosa y distante. Saca un cigarrillo. Le doy fuego, me toma de las manos y me da un “gracias” que suena a suplica, a lamento.
-¿A veces me pregunto como es que 1114 los quiere tanto? Siempre esta hablado de ustedes. Para Él, el tiempo nunca pasa. Lo envidio, a mí no me queda nadie, y el siempre tiene a su gente, a sus amigos, a sus admiradores-
-Y a sus rivales, y a sus años- la interrumpe Averno.
-Sí, y a sus años- se ríe ella.
Silencio.
Nos miramos. Nadie en la mesa cree que 1114 pueda ganar. Ganar es una palabra, una situación, un estado de ánimo, pero a su edad nadie gana y eso lo sabemos todos.
-Todos quieren pelear con Él. Lo peor de todo es que Él quiere pelear con todos, y siempre hay uno dispuesto a poner el dinero suficiente para hacerlo realidad- La vieja puta tiembla.
-Leí que dejo de tomar- digo, para decir algo.
-Los vicios son vicios- agrega Ella.
-Y yo brindo por los vicios- La voz de Averno es triunfal.
-¡Por los viejos vicios, por los viejos amigos!- Celebra Ella.
Los viejos amigos, quisiera tenerlos. 1114 es un fantasma. Un cuerpo andrajoso retorciéndose en un colectivo traqueteante, un fantasma en la noche que se empecina en recordar sus viejas tristezas. Se que Él sueña triunfos: un cross preciso con la derecha, la izquierda rápida, una mandíbula que se sacude y un cuerpo que se bambolea; el remate, preciso: la derecha a fondo y el hombre cae, pesado. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Nueve, diez. Los brazos en alto, el grito de la tribuna, los periodistas que se empecinan en sacarle algo, cualquier cosa, y una rubia que se seca las lágrimas con la mano mientras le grita: ¡¡¡TE AMO!!! 1114 esta acabado, solo le quedan sus sueños.
Sabemos que nos queda poco. En quince minutos más será el comienzo de ese final, del final de 1114. Nos miramos, nada nos une, salvo esa tristeza, esa mugre de tristeza. 1114 y sus últimos amigos: Una vieja puta que lo supo consolar hasta el final; un mal poeta ganado por el cinismo y la ginebra; y yo, que ya no se ni quien soy.

Continuara...

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